Ciudadanía
- Lonnie Fritz
Hace poco que algunos de los miembros de esta congregación (algunos en días más recientes que otros) llegaron a ser ciudadanos de Estados Unidos, entre los cuales son: Carmen R., Gabriela M., Mario M., Jr., María M. y Jairo R. Además, hay algunos que actualmente se encuentran en el proceso de llegar a ser ciudadanos como Yohana M., Mario M., Sr., Andrés y Sandra V. y María y Natalia R. (Tal vez he pasado por alto a alguien. Si es así, pido disculpas. Estos son los que conozco). Permítanme primero decirles, ¡Felicitaciones!
Mi esposa y su servidor asistimos a una de estas últimas ceremonias de juramento durante la cual dos de los anteriormente mencionados llegaron a ser ciudadanos. Era un procedimiento lindo y muy conmovedor. El juez que presidía dijo a todos los candidatos, “Ustedes llegan a ser ciudadanos por el camino duro. Tuvieron que trabajar, estudiar, y aprender muchas cosas acerca de este país. La mayoría de nosotros lo hicimos de la manera fácil; simplemente nacimos acá. Pero ustedes han escogido ser ciudadanos de los Estados Unidos.” El juez después les dijo que Estados Unidos de América se compone de personas de muchos diferentes fondos combinándose para hacer nuestro país un país fuerte. El juez ilustró esto por pedir a las 5,000 personas a gritar a una voz el país de su procedimiento. Lo que se oyó no era un solo nombre, sino un sonido poderoso.
El apóstol Pablo era un ciudadano romano. En varias ocasiones registradas en Hechos, Pablo menciona su ciudadanía romana. La primera vez ocurrió después que él y Silas fueron azotados y encarcelados en la ciudad de Filipos. “Pero Pablo les dijo: Después de azotarnos públicamente sin sentencia judicial, siendo ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel, ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto, sino vengan ellos mismos a sacarnos. Y los alguaciles hicieron saber estas palabras a los magistrados, los cuales tuvieron miedo al oír que eran romanos” (Hechos 16:37-38). La próxima vez, Pablo utilizó la ventaja de su ciudadanía romana antes que empezó el azote. Hechos 22:25-29 registra cómo Pablo preguntó al centurión romano, “¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?” En los dos casos los oficiales luego prestaron mucha atención cuando Pablo mencionó su ciudadanía romana. ¿Por qué? Porque bajo la ley romana, si un ciudadano romano fue tratado de manera contraria a la ley, entonces los responsables recibirían mayor castigo del que infligieron. La ciudadanía ¡traía sus privilegios! La ciudadanía romana era especial, como se manifiesta en la conversación entre Pablo y el comandante, al enterarse éste que Pablo era un romano. “Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano. Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? El dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento” (Hechos 22:26-28).
Hubo otra ciudadanía que Pablo tenía que le era de suma importancia, “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filip. 3:20). Y dijo a los efesios, “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efes. 2:19). La ciudadanía celestial ¡trae sus privilegios! ¡Tener acceso al cielo, tener parte en la familia de Dios, y tener a un Salvador! Pedro dijo, “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Ped. 2:11). Aunque estemos muy contentos de ser [ciudadanos] americanos o contentos de cualquier herencia [nacional], no hay cosa más importante que ser ciudadano del reino de Cristo.
Escrito está respecto Jesús, “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apoc. 5:9). Al estar ante la presencia de Dios en el juicio, nuestra ciudadanía terrenal no importará, pero ¡para siempre importará si somos ciudadanos del cielo o no! ¿Es usted ciudadano del cielo?